I
1. ¿En qué momento me doy cuenta de que soy una persona sensible?
La mayor parte del tiempo que comienzo a recordar cosas (o pretender recordarlas) me doy cuenta que hay una sensación, casi escondida, casi velada, impostora, de que estoy mintiéndome a mí misma en esa reconstrucción. Quizá para no perder la cordura, quizá para pintar un panorama entrañable y digna de una nostalgia abrasadora, de esas que te calientan el pecho y te hacen decir "qué buenos tiempos". Sin embargo, creo que esta vez puedo no mentirme y es lo que viene por escrito a continuación.
Viernes 30 de abril, como todos los días 30 del cuarto mes (según la radio del Uber, que comenzó desde 1924), se festeja el día del niño (bueno, de las infancias). Daban las 14 h cuando el día escolar apuntaba a dar por terminada, después de un comienzo agitado al remover dudas (unas cuantas de...¡vaya! ¡cuántas!) y ser honesto con lo que viene a ser el proyecto de vida (justificado en ser el proyecto escolar, quizá hasta proyecto de tesis, contextos que perecen en determinada temporalidad) me dispuse a tratar de dejar asentar todo lo hablado con algo sencillo como subir a la azotea y quedar a disposición del gigante azul: el cielo. Pero a uno siempre lo alcanza la adultez, por lo que además de disfrutar la vista aproveché para destender la ropa de cama que, antes de dar las 11 del mismo día, colgaban de los mecates para evaporar lo que quedaba de agua en sus superficies y secaran. Tomé la primer pinza de la colcha rosa pink (ese rosa súper girly para productos de señoritas... aunque ya algo deslavado) y es ahí cuando en medio de ese rosa, aparece una anomalía a lo que corresponde por entero a la colcha: "¿qué es eso rojo?... ¡¡¡¿y tiene patas?!!!"...-¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHH!!!-, pegué el grito, el brinco y la carrera casi a 3 metros de mi ubicación inicial, y después de hacerme la pregunta que debió preceder a toda la escena de la chiripiorca por el susto (sí, justamente esa: ¿Qué es eso?) me acerqué de poco en poco a la mancha roja con patas, y ¡vaya sorpresa que me llevé! ¡y un 30 de abril, qué hermosa coincidencia!: era una preciosa catarina.
¿Cuándo fue la última vez que vi una catarina?...¿Cuándo fue la primera vez que recuerdo haber visto una catarina?
De inmediato me volví a casa de mi abuela, y me volví al cuerpo de una Dani de 3 años. También era primavera, y la humedad de su patio tras regar sus plantas en macetas y la jardinera hacía que se sintiera un ambiente muy especial. Todos los colores están a temperaturas cálidas, amarillas y vivas. Entonces presencié uno de esos primeros recuerdos, en donde en una de sus graaandes orejas de elefante plantadas en la jardinera, encontré una por primera vez: la alegría de encontrar algo bello y desconocido, y compartirlo con mi mamá al preguntarle que qué era eso que le llevaba en las manos, a lo que respondió: es una catarina.
Tras ese día, mi más grande misión en el patio de mi abuela fue buscar catarinas, abajo de las hojas, entre la tierra, y de vez en vez iba encontrando una, dos, cuatro, seis.
Y volviendo a la pregunta en presente: ¿en qué momento me doy cuenta que soy una persona sensible? Creo que fue cuando tuve el infortunio de cometer un error en medio de la ingenuidad que posee un niño a los 3 años. Ya "adoptadas" muchas catarinas en un recipientito transparente y con aire, por razones que en su momento pensé (o no...) fue que necesitaban un baño. Yo me bañaba. Mi mamá y papá se bañaban. Mi hermana se bañaba. Toda la gente que conocía se bañaba. ¿Por qué las catarinas no se bañan? Así que decidí darles un bonito baño de tina, como todos esos que se desean cuando en el baño chico de casa chica solamente hay una regadera. Comencé a llenar de agua el recipiente de agua, y en medida en que subía el agua, la movilidad de las catarinas decrecía. Fue entonces cuando entendí sin entender que el agua no les hacía bien, por lo que todas perecieron flotando en su bonito baño de tina, el cual dejó de ser bonito al convertirse en su lecho de muerte. Me deshice en lágrimas de culpa por ser quien había matado a las catarinas que con tanto cariño las recogió para cuidarlas. Mamá al ver todo esto me dijo que los bichitos chiquitos se morían con mucha agua porque eran muy pequeñitos. Y entendí, a partir de una pérdida muy cercana que no había que hacerle daño a los bichitos.
Anteriormente a ese suceso, cuando solían haber también lagartijas en ese patio, les arrancábamos la cola a las pobrecitas porque se seguían moviendo las colas aun sin lagartija. Inconsciencia pura.
Las catarinas despertaron esa especie de empatía con criaturas más expuestas que uno como un niño, y después de mucho tiempo, aprendí a sentir algo más allá que el respeto merecido por su ardua labor como agentes polinizadores (entre otras cosas importantes) dentro de la vida, la naturaleza.
Todo eso corrió en mi cabeza mientras jugué un breve momento con la mancha roja con patas extraída de mi colcha rosa pink, ese jugueteo de pasarla de una mano a otra inacabadamente, hasta que, por fin, voló hasta perderse en ese azul infinito...
2. ¿En qué momento me doy cuenta de que puedo cambiar la sensibilidad de alguien más?
Tal vez fue algo asociado a un dibujo. Recuerdo mucho mis años como niña: enamoradiza como yo misma. Que si fue Rodrigo, el niño chillón de rizos bonitos en 1er año de preescolar; que si no fue un compañero de karate... hasta el mismo profesor de karate, o bien, Lalo. Lalo era hijo de una de las amigas de mi mamá. De esas personas que aparecen en tu vida por tener vínculo con otras personas más, que al final van tejiendo una red bonita de amistades porque todos se conocen entre ellos.
Estas personas; Vero, su mamá, y Lalo, el niño, nos iban a visitar con frecuencia a la casa: ella con el motivo de platicar con mi mamá, y Lalo, pues con el motivo de ser un niño al que su mamá llevaba con ella por ser chico... y también con el motivo de jugar conmigo y con mi hermana.
En una ocasión en la que Lalo estaba en nuestra casa junto con su mamá, decidí que era momento de anunciar mis fortísimos sentimientos hacia él, así que me armé de valor y tomé una tarjetita, de esas que hallas a un costado del teléfono. Agarré un lápiz cualquiera y el dibujo comenzó a cobrar vida: era una muñeca que llevaba por cabellos una espiral de hombro a hombro; ojos muy grandes, redondos y negros, una lánguida sonrisa, un vestido hecho triángulo, y en cuya mano derecha amorfa llevaba una flor. En la parte superior del dibujo la declaración hecha con la letra más redonda y torpe de mi vida hasta ese momento: un sencillo Lalo Amor. Ya hecha la tarjeta, era tiempo ya de dársela, aunque ese momento se dio cuando estaban por irse
Recuerdo mucho entregársela y ver su cara de compungido, de extrañamiento y confusión el rechazo abrupto del niño, aunque recuerdo también la ternura de su mamá, y la conmoción de mi mamá por acto tan genuino e inesperado (y quizá cursi) de su hija.
Después de que se fueron, mamá se quedó mirando todavía el dibujo un rato más, y con esa misma atención que le ponía, soltaba una carcajada tras otra, mientras me veía con ternura. Quizá por ser un dibujo significativo, por lo simple del acontecimiento, o por todo en general.
Ahora que viene todo esto a mi mente, no puedo dejar de sentir un bochorno correspondiente a un "qué pena...", pero igualmente, veo ese momento como uno en los que me llené de valor completamente para decirle a alguien "amor", aunque ahora desconozca qué significa el amor a esa edad, o bien, qué se sentía sentir amor sin reserva alguna, como cuando se es un niño.
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